LA VUELTA AL COLE

 

¡Ya han pasado las vacaciones de verano!  Después de casi tres meses de diversión, de romper la rutina, trasnochar, tardes de playa, piscina y tele… nuestros hijos vuelven a la escuela. Muchos de ellos tienen ganas de volver porque quieren ver a los amigos, saber qué profesores les tocarán, estrenar sus mochilas…  Pero otros muchos rechazan la vuelta al cole porque no quieren volver a madrugar, a las horas de clase y a los deberes. Para todos ellos es un periodo de cambio y, como nosotros, también sufren su propio síndrome postvacacional. 

 

Adaptarse a nuevos horarios, separarse de los padres y abuelos y retomar las clases, deberes y actividades extraescolares pueden suponer un cambio muy duro después de unos meses de tanta libertad.  Como consecuencia, los niños pueden ponerse tristes, sentirse inseguros o enfadarse ante el cambio, manifestándolo con inquietud y problemas de conducta.  Como padres debemos ayudarles a pasar este periodo transmitiéndoles seguridad y confianza con una actitud positiva tanto hacia ellos como hacia la escuela.

 

Es importante que los padres conozcamos a los profesores que nuestros hijos tendrán a lo largo del curso. Resulta fundamental establecer una relación fluida con ellos para que así  puedan informarnos de cómo evolucionan nuestros hijos, tanto en sus aprendizajes como a nivel emocional y social.  

 

Los maestros, en colaboración con la familia, podrán vigilar si existen dificultades para seguir el ritmo en el aula.  Un niño al que le cueste aprender, debe ser evaluado y valorar  si sus dificultades podrían deberse a un trastorno de aprendizaje (TA), problemática que está presente hasta en el 15% de la población en edad escolar.

 

Los TA son alteraciones que con frecuencia causan fracaso escolar. Su origen es neurobiológico y condicionan que un niño con un nivel de inteligencia normal no consiga avanzar en una o más áreas de aprendizaje. Los TA pueden afectar al lenguaje global, al lenguaje escrito, al cálculo matemático,  a la grafomotricidad u orientación, etc. La dificultad en el aprendizaje a menudo aparece en la capacidad para atender, concentrarse, inhibir distracciones o aprender a organizar y planificar. Además, en muchas ocasiones asocian problemas de conducta, con inquietud y dificultad para controlar sus impulsos.

 

En los niños más pequeños, es fundamental prestar atención a los problemas relacionados con la adquisición del lenguaje hablado, siendo necesario descartar un Trastorno Específico del Lenguaje en el caso de que estas dificultades persistan. También se debe evaluar a los niños que presentan dificultades en su interacción social, es decir, aquellos a los que les cuesta relacionarse con otros niños o que realizan juegos repetitivos o más infantiles de lo que les corresponden, siendo necesario descartar un Trastorno del Espectro Autista.

 

 Por otro lado, en los niños más mayores que inician la lecto-escritura se pueden detectar dificultades compatibles con Trastorno Específico de la Lectura (Dislexia). Estos niños presentan mucha dificultad para establecer la correspondencia grafema-fonema, leen de forma costosa, lenta, con pausas y rectificaciones, cambiando o invirtiendo letras o incluso palabras, sin conseguir una lectura fluida y pueden evolucionar en el futuro a una baja velocidad lectora y a numerosas faltas ortográficas.

 

 

También hay que atender a aquellos niños que puedan tener falta de atención, pudiendo asociar hiperactividad e impulsividad, y descartar el frecuente Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Son niños que se distraen fácilmente, con dificultad para concentrase y acabar las tareas, que pierden y olvidan cosas necesarias y a los que les cuesta organizarse.  Además, pueden ser inquietos e impulsivos, con quejas frecuentes de que interrumpen en clase, se mueven continuamente, hablan o se levantan de forma inapropiada.

Todos estos trastornos pueden dar lugar a que estos niños obtengan bajos resultados académicos a  pesar de su esfuerzo. Además, es frecuente la incomprensión por parte de su entorno, que a menudo les tacha de “vagos” o “tontos”, condicionando que presenten problemas emocionales, con baja autoestima.

 

La vuelta al cole, por lo tanto, implica recordar que todos estos problemas sociales y de aprendizaje pueden darse y que tanto la familia como los profesionales del colegio deben estar atentos para detectarlos y derivarlos a un profesional especializado que realice una evaluación adecuada y marque la intervención necesaria.

 

Recordemos que los niños tienen una plasticidad cerebral que posibilita que los tratamientos precoces sean a menudo exitosos. Por ello no debemos esperar a que el “niño madure” y recurrir cuanto antes a los profesionales indicados.

 

¡Feliz vuelta al cole!

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